El acto realizado ayer en la Federación de Básquet de Jujuy, bajo la consigna de los “10 años de la transformación”, dejó más interrogantes políticos que certezas. Lejos de funcionar como una conmemoración institucional, el evento terminó configurándose como un auto homenaje de Gerardo Morales a una gestión iniciada el 10 de diciembre de 2015, en un contexto nacional y provincial profundamente distinto al que le permitió al entonces senador construir su épica fundacional.
La puesta en escena estuvo claramente orientada a revalorizar la figura del exgobernador. Con un protagonismo marcado de dirigentes y militantes jóvenes, los discursos buscaron reivindicar la totalidad de la gestión gerardista, haciendo especial hincapié en la idea de “Estado presente”. Esa consigna, que fue central en el relato político del radicalismo jujeño durante casi una década, apareció ayer sin ningún tipo de actualización conceptual, como si el escenario nacional no hubiese cambiado.
Es cable reconocer la transformación que llevó a cabo Gerardo Morales desde el inicio de su gestión, combatió a Milagro Sala y la Tupac Amaru, realizó obras que nadie se había animado a soñar, cambió al estado jujeño para siempre y a la propia provincia, pero, todo eso fue según un tiempo y una época en la que los conceptos ciudadanos eran distintos. La Argentina eligió democráticamente a un presidente como Javier Milei, cuyo discurso —y accionar— se apoya en una crítica frontal al Estado, al que define como una estructura sobredimensionada, ineficiente y funcional a una “casta” privilegiada. Más allá de coincidencias o rechazos, lo cierto es que una porción significativa de la ciudadanía hoy observa al Estado con desconfianza, cuando no como una “organización criminal”, en los términos utilizados por el propio Milei. En ese marco, insistir sin matices en el estadocentrismo parece, cuanto menos, una lectura desfasada del humor social.
El invitado especial del acto fue el actual gobernador Carlos Sadir, cuya presencia estuvo cargada de incomodidades políticas. En el radicalismo es un secreto a voces que Sadir no estaba de acuerdo con la realización del evento, precisamente porque entendía que iba a contramano de lo que hoy le exige la sociedad a la dirigencia política: menos autocelebración y más señales de comprensión del nuevo clima social. Sin embargo, para evitar profundizar las tensiones con el denominado “gerardismo”, decidió asistir.
Su llegada tardía al estadio no pasó inadvertida. Sadir ingresó cuando ya estaba hablando María Inés Zigarán, lo que le otorgó una centralidad forzada y generó especulaciones inevitables: ¿no lo esperaron a propósito o fue él quien eligió llegar tarde como gesto político? En cualquier caso, el episodio graficó la falta de coordinación —o la incomodidad— entre el exmandatario y su sucesor.
El momento más tenso del acto se produjo durante la presentación de Gerardo Morales. El locutor, en un tono cargado de adjetivos grandilocuentes, comenzó a exaltar la figura del exgobernador e intentó invitarlo al escenario. Morales, visiblemente incómodo, hacía señas insistentes para que convocaran también a Carlos Sadir. La confusión fue tal que el locutor terminó mencionando primero al diputado Adriano Morone, hasta que finalmente logró nombrar al gobernador. La escena, lejos de ser un detalle menor, expuso de manera descarnada las disputas simbólicas por el liderazgo dentro del radicalismo jujeño.
Puertas adentro, en las huestes radicales circulan lecturas dispares. Una de las más extendidas sostiene que Morales está cada vez más alejado de lo que realmente quiere la ciudadanía y que la épica que supo construir en 2015 hoy sería imposible de reeditar. El recurso discursivo que durante años funcionó —la confrontación con Milagro Sala y la Tupac Amaru— ya no genera el mismo rédito político ni moviliza emocionalmente como antes.
Otros interpretan el acto como un virtual lanzamiento de campaña de Gerardo Morales con vistas a una eventual candidatura a gobernador en 2027, una hipótesis que, de confirmarse, anticipa un escenario de tensiones crecientes con la actual gestión. Finalmente, un grupo minoritario leyó el evento como una suerte de despedida, un intento de Morales por cerrar un ciclo y “pasar la posta” a Carlos Sadir, aunque los gestos y desajustes del acto parecen contradecir esa interpretación.
Lo ocurrido ayer en la Federación de Básquet de Jujuy no fue solo un acto partidario más. Fue una postal nítida de las dificultades del radicalismo jujeño para interpretar el tiempo político que corre, de las tensiones no resueltas entre pasado y presente, y de un liderazgo que insiste en mirarse al espejo cuando gran parte de la sociedad está mirando hacia otro lado.
